Tengo que confesarles algo: en realidad... no soy un indio.
Tan sólo soy un murguista;
duende de cara pintada
que recorre los tablados
con alegría y cariño,
para dibujar sonrisas
en el rostro de los... guachos.
Un bohemio, un soñador,
que cuando puede se escapa
y se arrima al mostrador
para tomarse una... birra.
Un poeta delirante
de cuya pluma inspirada
surgen los versos sencillos
de esta humilde... de esta... ¿Cómo era?
Eso que cantan los murguistas al final...
¡La despedida!